domingo, 17 de febrero de 2008

Déjalo, que fluya (parte I)

Pensé estar sólo un momento en la casa de Fruitella en la reu por su cumpleaños, por diversos motivos. Entre ellos, que con todo ese grupo de amigos míos no me encontraba muy seguido en los últimos meses, entre otras cosas porque había ciertos momentos en que procuraba evitarlos, así como a toda la humanidad. Entre seguir dudando y tomar un taxi, decidí ir, de todos modos sabía que era un ambiente cómodo y emocionalmente seguro para mí, ideal para estos días.



La patería se vio desde el inicio, esa amistad que a pesar de los cambios sobrevive, al menos, en los momentos felices. Todos los sentimientos y sensaciones de un grupo de amigos que, en su tiempo, fue mi grupo principal, junto con otras personas que lamentablemente ya no están y que felizmente fueron expectoradas o se largaron.



Si bien es cierto se trataba de un ambiente muy cómodo, muy divertido y todo eso, esa noche de sábado simplemente me hastiaron muchas cosas que en otros tiempos también me hastiaban de la misma gente, sobretodo de Fruitella. Al parecer, y sin negar todas las cosas por las que me cae bien, le encantaba ostentar el título de la hada madrina y pareja feliz de su grupo de amigos (entre los cuales, forzosamente, estaba yo) junto con Juan, su enamorado, mientras los demás estaríamos en cierto estado de limbo de vez en cuando, salvo al que considera su mejor amigo (que para esto, como todos los mejores amigos, no cuenta en la competencia) teniendo control en muchas cosas, sobretodo en la interrelación sentimental entre sus amigos, que felizmente no fue mi caso, aunque sí el caso de un muy buen amigo mío.



Pensaba en esto mientras veía a Lena y también en ponerle cuarta al motor del deseo. En apariencia, Lena sería la mujer deseada por todos: Rubia, ojos verdes, pocas pecas, generosa en curvas, relativamente alta, entre otros atributos que le darían muchos puntos de ventaja en latinoamérica. Mas, uso el subjuntivo porque sería sólo en esa circunstancia, pues ella nunca deja de ser una mujer misteriosa, reservada, de la que se puede hablar cualquier cosa hasta el punto de intimidar a cualquier persona si se gana confianza con ella, por no decir que su desenvolvimiento asustaba más que atraía, y por eso entendía a Estrómboli, aquel amigo mío que mencioné en el párrafo anterior.




Como la mayoría de sábados, deseaba dar rienda suelta a mi libertad condicionada, pero por los motivos previamente expuestos sabía que no sería en esa casa, con Fruitella cerca. Había olvidado mencionar que también se nos acercaron unos amigos norteamericanos de Fruitella a saludarla y que, al congeniar mucho con ellos, decidimos continuarla en un conocido bar de Barranco, junto con mi amigo Hernán y una amiga suya venezolana que era chongo exclusivo de él. Lena ya se había ido y, al igual que otras ocasiones en las que lo había intentado, siempre estuvo Fruitella para defendarla (ya me referiré en otro post a esta conducta), y el carrete con otra chica de la facultad (aún desprotegida del manto del hada madrina) con quien estaba conversando simplemente se hizo humo por culpa de otro invitado que, sin caerme nada mal, se excedió con sus imitaciones del Toyo, llamando mucho la atención y relegándome a segundo plano.





En fin, en el taxi rumbo a Barranco, había comenzado a desempolvar ese ingles tan limeño que sólo a mí me sale con una de las amigas de Fruitella, que me había llamado la atención por la comodidad que reflejaba su expresión pese a la dificultad de diáologo, hasta el momento, aparte de colaborar mucho con gestos y todo eso, fuera de su aspecto físico que la hacía pasar piola como peruana. Estaba siguiendo un curso de español en el ICPNA y se iba a matricular, junto a los otros chicos, en unas materias de Humanidades en la Católica, hecho que nos acercaría un poco más, teniendo en cuenta que yo aún tenía un año más de cursos.





Por otro lado, Hernán y su amiga (que no me simpatizó demasiado casi de arranque) estaban en lo suyo, que en realidad no parecía pasar de plan de patas, y los otros dos gringos también, en la maletera de Station Wagon, así que muchas trabas para acceder al mercado no había.





Al llegar al local, 2:30 a.m., afloraron en mi cerebro esas frases típicas de personaje tímido de caricatura infantil tipo "No crea que sea una buena idea, Tommy" o "Creo que debí qudarme en casa hoy", que pretendí disipar cuando Hernán y yo juntamos para comprar un pr de jarras y buscábamos mesa. Ese despeje no duró mucho: La amiga de Hernán se encontró de nuevo a unos amigos con los que había pasado la mdrugada anterior ahí mismo y nos invitó a su ambiente (decir "mesa", sería muy poco, puesto que era todo un ambiente para esos miembros practicamente honorarios), conformado por tres pares de mesas, cinco patas y una chica.





Haciendo aritmética simple, eso dejaba a más de un hombre sin hueco donde atrincherarse, y aparentemente seríamos Hernán y yo, considerando que él seguía "en plan de patas" y que dos de aquel grupo ya estaban en plan de embriaguez y, por tanto, no contaban. Esto maltrataba mis posibilidades con Lindsay (el nombre de la chica gringa), puesto que nuestra conversa ya estaba jodida por la música, por las voces de todos, por la apertura de aquel ambiente y porque simplemente, habemos personas con quienes la cosa "no fluye". No era sólo perder prematuramente la esperanza, sino que era sólo un embrión, lo poco que se puede hacer en un taxi y en una reunión en la que sólo nos topamos al final, y ganas de volar demasiado alto no tenía. Menos con ese rastafari asqueroso que la había sacado a bailar, no sin antes servirse de la jarra que Hernán y yo habíamos pagado como si se tratara del programa del vaso de leche o algo así...





No me había sentado al lado de ella, de todos modos, en parte era mi culpa, esa fue mi primera negligencia.





Pero eso de la chela sí me había alterado, así como a Hernán, que veía como su amiga estaba bailando con otro pata (cuestión que, a cierta edad y en ciertas circunstancias, no se puede minimizar mucho) demasiado pegados, que también había visto al rastafari con su supuesta novia, una chica trigueña, medianamente alta y bastante atractiva, a la que tenía abrazada y que parecía que no había tomado tanto como ellos. Decidí servir lleno a él y a mí, de tal manera de cerrar paso a cualquier otro conchudo, beber al seco y voltear hacia mi izquierda, descubriendo que casi todos los chicos que fueron bailar me dejaron a una banca de esa chica trigueña que miraba hacia esta dirección.





No pude evitar pensar en esos comerciales viejos de San Luis (Ah! Y no se olvide, no es mineral!) en los que el chorro de agua caía de roca en roca hasta formar una corriente ininterrumpida. Era hora de beber de la novia, así como se bebieron de mi cerveza, lo justo Tío Pacori...


4 comentarios:

Lafrau dijo...

jajaja, me divertí mucho leyendo este post.

Un beso,

La Frau

Carlos dijo...

Algo desalentadora la secuencia nocturna, un final intrigante aunque espero que satisfactorio (para tí)
Saludos.

Raulín Raulón... dijo...

Fraulen:

Y eso que no leíste la segunda parte, te va a quedar el sabor a pela de Cantinflas.


Carlos:

Tú sabes, shit happens. En realidad, ese es sólo un comienzo...

***N!nf@*** dijo...

q bueno post raulin
un beso