miércoles 27 de enero de 2010

Los celulares...



Cuando vuelvo a tener en mis manos mi primer celular, siento el peso de los años, un robusto Nokia 3390 adquirido cuando ingresé a la universidad comparado con el actual, que tengo en mi mano izquierda: También 3390, pero de una nueva generación y contextura. Es gracioso, es como tener dos figuras de acción de mí mismo pero en versión celular, de distintas épocas, como si el celular hubiera perdido peso conmigo.


Uno de los tantos deseos que reprimí en mi adolescencia fue tener un celular. Y no es que lo haya reprimido por una cuestión moral o de reputación social (eso es de hembritas), nada que ver, sino que al pensarlo bien, no resultaba más que una gollería costosa para mis padres (osea, ni para mí). De otro lado, ¿para qué lonecesitaba? Era una pregunta que no podía responder coherentemente, el argumento aquel de "en el colegio eres lo que otros ven de tí, si no sigues las ondas, no existes" no me convencía, puesto que mi postura escolar era clara: "Soy un genio, soy de los pocos que no tendrían que hacer examen de admisión para universidades particulares si no quería (algo así como un Dennis Falvy), por tanto, no tenía que sucumbir ante vicios tan del proletariado mental como tener un teléfono móvil si no quería".


Por supuesto, esa arenga podía servirme en la intimidad, pero no necesariamente en la confrontación social de un colegio de clase media-que-no-quería-ser-baja-ni-alta-pero-sí-parecerse-mucho-a-esta-última, donde finalmente el proletariado me ganaba por número. Decidí no tomar ese riesgo, de parecer un chiquitín mimado, y no pedir celular, ni cuando mi por entonces flamante novia (M-1) se había comprado el suyo (razonable, ella ya no estaba en el colegio), dejándome en cierta desventaja comunicacional.


Es increible pensar en cómo no podía sentir el peso de ese adobito cuando tenía 17 años, Nokia azul afiliado a otro histórico: TIM, Telecom Italiana Mobile. La verdad, no quería tener más tratos con esa empresa española que tan mala imagen tenía entre los consumidores, justamente ganada por cierto, ni de Moviline, ni de ofertas de teléfono fijo, y tal vez hubiera optado por la entonces aún potente Bellsouth, pero llegó la fresca oferta de TIM: Traer al Perú la idea del chip que administra el uso del teléfono y poder cambiar de aparato sin perder las ventajas del servicio adquirido. Era el aire que uno deseaba, considerando los fracasados intentos de Deustche Telecom por ingresar al mercado, aplastados entre Telefónica, INDECOPI y el PJ (¿Cómo no?), un mejor servicio, del que no tuve ninguna queja.


Por lo demás, mi relación con el servicio y el dispositivo fue, posiblemente, la más funcional que tuve en mi vida. ¿Cómo no sentirse feliz siendo usuario del BLAH! de TIM, con mensajes de texto casi a mitad de precio? ¿Cómo no sentirse satisfecho al ver que mi Nokia no presentaba represalia alguna por tirarlo violentamente, cada vez que LMS no me daba una respuesta satisfactoria o me colgaba? Imposible, sería mezquino molestarse, incluso cuando no había señal en ciertos subterráneos.


Ya maduro, las gollerías consumistas de los demás me venían y me iban. Totalmente conciente de cómo sucedió, mi Nokia y yo habíamos pasado ya los cuatro años de leal servicio y cada vez mejor mantenimiento; no me importaban las nuevas carcazas, los adornitos de celular, la gente que cambiaba cada año, hasta que lo necesité. Haber perdido la señal durante dos semanas ya me había dado una clarinada de alerta: Después de los 50 meses, los celulares pueden morir. De hecho, puede que haya problemas con el cambio de proveedor. TIM no había podido ganar el porcentaje de participación de mercado esperada y prefirió dejar la posta a otra empresa iberoamericana, con todas las taras que los españoles y descendientes pudieran tener.


Acepto que alargué mi necesidad hasta el grado de engreimiento hasta comprarme un modernísimo 3220, con cámara, ideal para fotografiar mis cédulas de sufragio en cada elección del 2006 ("La flor de los valores de Jesús María... desflorada"), su estética y lividez ayudaron a manterner una relación sin sobresaltos, estable, posiblemente un poco más light. Lástima, siempre hay un problema con lo liviano: Flota tanto, que a veces se puede ir volando, o se puede malograr... en un año nuevo. Durante buena parte del verano del 2008, gracias a esa misteriosa e indescifrable avería, hice un parentesis con Claro, para adoptar el sistema oficinista de los beep: Nextel. Un aparato que sólo podía llevarse en los bolsillos delantero u obligaba a juntarlo con la correa, sin muchos aditamentos fuera de lo estrictamente para la comunicación concisa.


¿Por qué volví a Nokia y a Claro? Supongo que por los primeros 25 segundos del tema del verano y por el punchi-punchi-punchi, porque el comercial me parecía demasiado largo, con una canción que canibalizaría al producto. Igual, seguía prefiriendo cualquier cosa antes de Telefónica y la verdad, no me arrepiento, porque ya va por los dos años de eficiente servicio, sin ser la Vanessa Tello de los celulares, definitivamente rinde como una madura y sólida Maricarmen Marín, ligeramente más potable y de hecho, de mejor prestación.


Ante tanta publicidad y posibilidad un poco falaz de libre cambio de empresa, yo sigo en mis trece, como de costumbre. Supongo que me quedo por aquí, no es precisamente el servicio ideal que alguna vez conocí, pero es el mejor que hay, aunque nunca se sabe que puede llegar...


Bueno, creo que los elementos audiovisuales son obvios, salvo la canción original de Soup Dragons, uno de esos one hit wonder de los 90 después de los comerciales. Honestamente, a la chata de la pollería le pondría esposas y le daría más vuelta que un pollo a la brasa, en cuanto al primer comercial de Octubre del 2000, poco antes de que Nokia y TIM se hicieran auspiciadores de esta casa, como sucedió en el verano del 2001 y hasta el último spot de TIM, del 2005, con una característica clásica de las cmapañas TIM: El acento a los elementos arquitectónicos limeños. Y bueno, sátiros, disfruten del tema del verano, dos años después...
























martes 19 de enero de 2010

Memoria de Pétionville





No sabía que mi vínculo con la nación de Haití se estrecharía tanto. Honestamente, sólo una vez consumí en el afamado restaurant homónimo de Miraflores, y la última vez que hice alguna tarea sobre dicho país, utilicé la bandera negra y roja que aún era la oficial de dicho país dominicano (estrictamente hablando, el nombre francés de dicho territorio es Saint Dominic, aparte del colonial La Española). Muy esporádicamente me iba enterando en Estudios Generales o por alguna lectura aislada de que se trataba del segundo país de América en haber logrado su independencia, impulsada no por un grupo de privilegiados criollos, ni con el auspicio de otra nación joven más grande, sino por el levantamiento de los africanos esclavizados en aquella zona que, para el siglo XVIII concentraba su potencia económica en el mercado de humanos. Mi historia en realidad, comienza de una forma bastante frívola, digna de contarse en una mesa del Haití justamente, entre anécdotas de compañeros de promoción o de bloggeros que hacen su vida lo menos complicada posible para no perder lectores.



Una de las cosas que ejercito en el gimnasio, aparte de mi contumaz y delgado cuerpo, es la interacción. El momento se dio: Es difícil interactuar con alguien dentro de la sala de ciclismo estacionario (no utilizaré un anglicismo, no jodan), mejor hacerlo después, sobretodo con una de esas mujeres que no se va luego con su Club Silueta. Me pareció una cojudez cipriánica hablar sobre lo duro de nuestro pseudociclismo por más de treinta segundos, y era algo arriesgado hacer chistes acerca de la fijación de la gente silueta por los emblemas brasileños, así que opté por lo más fácil: Una gracia sobre una entidad no humana, sobre la multinacional del gimnasio o… sobre uno de los países donde tiene una sucursal, y que mejor para la ironía que el país más pobre de la región.



“¿Te imaginas cómo será el gimnasio de Pétionville?”, “Puede que en lugar de tener barras de peso, tengan un tubo con dos bloques de cemento en los extremos”, “Tal vez en una de las fajas de cardio se suban tres o cuatro personas, como en los colectivos de Puerto Príncipe” o “No sé si Pétionville está cerca de Puerto Príncipe, pero puede que el gimnasio de allá sea la única construcción con licencias y propiedad certificada de esa zona”, entre otras sandeces que mal que bien, me prestaron un resultado notable a muy corto plazo.



En algún momento del día miércoles quise tragarme muchas de mis palabras, al escuchar la proyección aquella que arrojaba unas 100.000 víctimas producto del sismo. Definitivamente, no llegué a reaccionar como Marcelo Galio, pero no podía evitar pensar en la completa indiferencia con la que bromeaba horas antes de la tragedia acerca de ese golpeado país del Caribe. A diferencia de los religiosos, feministas, huachafos, transportistas, ultraconsumistas, caviares o clasistas, el pueblo haitiano no tuvo ninguna posibilidad para evitar tanta catástrofe junta, que fue in crescendo hasta el martes, el día de su Apocalipsis nacional. En el momento, opté por respirar hondo, hacer más cardio para evitar que otras opiniones inmediatas y muy aventuradas influyeran en mi aún pueril percepción del asunto.








Pétionville es un punto muy cómodo para saber lo que hay sobre Haití. Se trata de un suburbio históricamente acomodado, que en un tiempo quiso abstraerse del subdesarrollo del resto de la capital trepando por las colinas, pero no pudo lograrlo, a tal punto de estar prácticamente rodeado de barriadas por el norte y el sur, de pequeños conjuntos suburbanos donde los jirones están en la ropa de los niños, y en los callejones puede que no exista ni un caño. Por el oeste, mirando hacia el mar, hacia Cuba, Pétionville estaba resguardada por los muros blancos del Palacio, como toda la gallada de la dinastía Duvalier, protegida detrás de Papa o Baby Doc. Así como el resto del país parece la más obscena y sincera caricatura de la miseria en el tercer mundo, Pétionville viene a ser lo mismo respecto a la desproporcionada opulencia dentro de la pobreza: Una villa caribeña diseñada para albergar los mejores hoteles, llena de pistas con aceras, mansiones y edificios con piscinas, generalmente habitado por altos funcionarios y personalidades extranjeras. Sólo el Palacio iguala en riqueza y esplendor a ese barrio, financiado principalmente con el forastero que vino a sacar lo máximo de la zona francesa de la isla, dejando lo menos posible.


Es sólo una gracia histórica que el nombre de esa comuna provenga de Alexandra Sebas Pétion, uno de los fundadores de la nación haitiana y a la vez, uno de los personajes del primero de sus tantos conflictos civiles. Aquella parecía ser la historia eterna de Haití, como el de la mayoría de sus construcciones urbanas dentro y en los extramuros de Pétionville, según las descripciones de Hernando de Soto: Un país que nunca terminó de ser propiedad de sí mismo. Pese a los intentos de establecer un sistema de propiedad para esos mismos que lucharon por su independencia desde 1793, la falta de experiencia en cuanto sistemas de gobierno libres de cualquier influencia absolutista lo hizo derivar nuevamente en imperialismo, literalmente hablando, en el que un solo hombre que hacía unos años o meses había compartido con los otros trabajo en plantaciones o armas en las batallas, terminaba siendo dueño de todo el país, de toda la isla en algún momento, devolviendo a un país independiente un velado sistema de división que con el tiempo se pronunciaría de forma más poderosa: Mulatos educados en armas o en profesión y afrodescendientes directos, francoparlantes y usuarios de écrole, primeros propietarios y eternos arrendatarios, funcionarios gringos y subempleados capitalinos que alguna vez fueron campesinos autoabastecedores.


Vuelvo a la actualidad de este teclado con la sensación de que el recuento no es más que eso, un acercamiento insignificante hacia un nombre inscrito en el afiche de un gimnasio, que ni siquiera se aventuró a calificar a Haití como un “estado fallido” como conclusión. Y es que para un latinoamericano invenciblemente etnocentrista, dentro de su imagen de subdesarrollo, es muy difícil pensar en que se tiene tan cerca un régimen tan parecido a lo poco que en las rotativas se ve de muchas repúblicas centroafricanas y a la vez tan lejano de lo que para muchos significa una “republiqueta”, así como es difícil pensar en una situación extrema de humanidad dentro de una total barbarie. De hecho, lo es también para aquel pastor líder de un conocido call center religioso que atribuyó todas las desgracias del país a su supuesto pacto con Satán a cambio de su independencia; también debe ser así para todo aquel funcionario público nacional o aquel periodista irreprimiblemente sensacionalista, que se trepa al primer avión en partir hacia Puerto Príncipe, sólo para “examinar” o sustentar fácticamente que “son el primer medio presente en el lugar de la tragedia”, como si se tratara de una maratón de beneficencia. Igual podría pensar de esas empresas que quieren incentivar el consumo de sus productos dejando un pequeño porcentaje como aporte a los damnificados, o sobre los bienintencionados donantes o recolectores que creen que para un pueblo en estado de catatonia colectiva pueden ser útiles latas de cerveza o botellas de champagne (sobre este último, hay que ver los vídeos de algunos saqueos).


No, es bastante difícil. Pese a haber pasado una experiencia similar hace casi una treintena de meses y que sus secuelas hayan sido olvidadas porque estamos en un país donde este tipo de víctimas son fácilmente olvidables, cierta estabilidad social, un aparentemente más logrado sistema gubernamental y una algo discutible riqueza económica y de recursos nos ubica en una colina similar a la de Pétionville, un lugar más o menos privilegiado respecto a esa incomprensible nación cuyo pandemonio parece haber encontrado su esplendor. Sin embargo, Puerto Príncipe puede ser una especie de agujero negro, uno de esos fenómenos astrales que en cualquier momento puede terminar por chupar lo que hay en las planicies de todas las Pétionvilles que hay a su alrededor.


Por supuesto, no ha faltado el místico-científico que aseguró que el propio planeta está comenzando a regular autónomamente su superpoblación a través de este y otro tipo de desastres, presentando cifras y otros argumentos que lo divorcian de cualquier sindicato de charlatanes de iglesia, demostrando la alta probabilidad de una nueva venganza de un planeta contra la más barbárica de sus criaturas. ¿Qué tan cerca está nuestro peruano Pétionville del ojo del remolino? ¿O ya nos está tragando sin que nos demos cuenta, como a otros barrios similares?