Los celulares...
Uno de los tantos deseos que reprimí en mi adolescencia fue tener un celular. Y no es que lo haya reprimido por una cuestión moral o de reputación social (eso es de hembritas), nada que ver, sino que al pensarlo bien, no resultaba más que una gollería costosa para mis padres (osea, ni para mí). De otro lado, ¿para qué lonecesitaba? Era una pregunta que no podía responder coherentemente, el argumento aquel de "en el colegio eres lo que otros ven de tí, si no sigues las ondas, no existes" no me convencía, puesto que mi postura escolar era clara: "Soy un genio, soy de los pocos que no tendrían que hacer examen de admisión para universidades particulares si no quería (algo así como un Dennis Falvy), por tanto, no tenía que sucumbir ante vicios tan del proletariado mental como tener un teléfono móvil si no quería".
Por supuesto, esa arenga podía servirme en la intimidad, pero no necesariamente en la confrontación social de un colegio de clase media-que-no-quería-ser-baja-ni-alta-pero-sí-parecerse-mucho-a-esta-última, donde finalmente el proletariado me ganaba por número. Decidí no tomar ese riesgo, de parecer un chiquitín mimado, y no pedir celular, ni cuando mi por entonces flamante novia (M-1) se había comprado el suyo (razonable, ella ya no estaba en el colegio), dejándome en cierta desventaja comunicacional.
Es increible pensar en cómo no podía sentir el peso de ese adobito cuando tenía 17 años, Nokia azul afiliado a otro histórico: TIM, Telecom Italiana Mobile. La verdad, no quería tener más tratos con esa empresa española que tan mala imagen tenía entre los consumidores, justamente ganada por cierto, ni de Moviline, ni de ofertas de teléfono fijo, y tal vez hubiera optado por la entonces aún potente Bellsouth, pero llegó la fresca oferta de TIM: Traer al Perú la idea del chip que administra el uso del teléfono y poder cambiar de aparato sin perder las ventajas del servicio adquirido. Era el aire que uno deseaba, considerando los fracasados intentos de Deustche Telecom por ingresar al mercado, aplastados entre Telefónica, INDECOPI y el PJ (¿Cómo no?), un mejor servicio, del que no tuve ninguna queja.
Por lo demás, mi relación con el servicio y el dispositivo fue, posiblemente, la más funcional que tuve en mi vida. ¿Cómo no sentirse feliz siendo usuario del BLAH! de TIM, con mensajes de texto casi a mitad de precio? ¿Cómo no sentirse satisfecho al ver que mi Nokia no presentaba represalia alguna por tirarlo violentamente, cada vez que LMS no me daba una respuesta satisfactoria o me colgaba? Imposible, sería mezquino molestarse, incluso cuando no había señal en ciertos subterráneos.
Ya maduro, las gollerías consumistas de los demás me venían y me iban. Totalmente conciente de cómo sucedió, mi Nokia y yo habíamos pasado ya los cuatro años de leal servicio y cada vez mejor mantenimiento; no me importaban las nuevas carcazas, los adornitos de celular, la gente que cambiaba cada año, hasta que lo necesité. Haber perdido la señal durante dos semanas ya me había dado una clarinada de alerta: Después de los 50 meses, los celulares pueden morir. De hecho, puede que haya problemas con el cambio de proveedor. TIM no había podido ganar el porcentaje de participación de mercado esperada y prefirió dejar la posta a otra empresa iberoamericana, con todas las taras que los españoles y descendientes pudieran tener.
Acepto que alargué mi necesidad hasta el grado de engreimiento hasta comprarme un modernísimo 3220, con cámara, ideal para fotografiar mis cédulas de sufragio en cada elección del 2006 ("La flor de los valores de Jesús María... desflorada"), su estética y lividez ayudaron a manterner una relación sin sobresaltos, estable, posiblemente un poco más light. Lástima, siempre hay un problema con lo liviano: Flota tanto, que a veces se puede ir volando, o se puede malograr... en un año nuevo. Durante buena parte del verano del 2008, gracias a esa misteriosa e indescifrable avería, hice un parentesis con Claro, para adoptar el sistema oficinista de los beep: Nextel. Un aparato que sólo podía llevarse en los bolsillos delantero u obligaba a juntarlo con la correa, sin muchos aditamentos fuera de lo estrictamente para la comunicación concisa.
¿Por qué volví a Nokia y a Claro? Supongo que por los primeros 25 segundos del tema del verano y por el punchi-punchi-punchi, porque el comercial me parecía demasiado largo, con una canción que canibalizaría al producto. Igual, seguía prefiriendo cualquier cosa antes de Telefónica y la verdad, no me arrepiento, porque ya va por los dos años de eficiente servicio, sin ser la Vanessa Tello de los celulares, definitivamente rinde como una madura y sólida Maricarmen Marín, ligeramente más potable y de hecho, de mejor prestación.
Ante tanta publicidad y posibilidad un poco falaz de libre cambio de empresa, yo sigo en mis trece, como de costumbre. Supongo que me quedo por aquí, no es precisamente el servicio ideal que alguna vez conocí, pero es el mejor que hay, aunque nunca se sabe que puede llegar...
Bueno, creo que los elementos audiovisuales son obvios, salvo la canción original de Soup Dragons, uno de esos one hit wonder de los 90 después de los comerciales. Honestamente, a la chata de la pollería le pondría esposas y le daría más vuelta que un pollo a la brasa, en cuanto al primer comercial de Octubre del 2000, poco antes de que Nokia y TIM se hicieran auspiciadores de esta casa, como sucedió en el verano del 2001 y hasta el último spot de TIM, del 2005, con una característica clásica de las cmapañas TIM: El acento a los elementos arquitectónicos limeños. Y bueno, sátiros, disfruten del tema del verano, dos años después...








